Dos ideas contraintuitivas sobre la lectura en México

Hay dos cosas que puede hacer México que podrían parecer estar en contra de la intuición generalizada. La primera es que en México el problema no es de demanda, sino de oferta. La segunda es que hace falta no de terminar los libros, sino de no terminarlos, y hacerlo sin culpa alguna. Como punto extra agregaría el eliminar el bullying a los best-sellers.

Estadísticas sobre el consumo de lectura en México

Exploremos primero la primera idea. Es la idea generalizada de que “Es que los Mexicanos no leen” o que “No hay la cultura de la lectura”. Planteo aquí la hipótesis de que hay un círculo vicioso por la falta de material entretenido apto para el público Mexicano, que a su vez hace que la demanda de libros se vea ínfima, que a la vez vuelve escribir (y vivir de ello) un negocio riesgoso. Salvo muy honrosas excepciones (por ejemplo, en estos momentos estoy leyendo “Ensayo sobre la Ceguera”, texto que recomiendo ampliamente, por ser sumamente divertido y bien hecho), los textos en español o bien están hechos por escritores doctos con mucha cultura pero poca cercanía con su público, o por entes comerciales que cuidan muy poco el contenido.

“Cien años de soledad” es una lectura exquisita, pero no se la recomendaría a alguien que apenas se adentra en el mundo de las letras, por la inmensa cantidad de información que tiene que retener para poder seguir el hilo de la historia. Por el otro lado, el mundo de la lectura de superación personal se ha llenado de autores, de los cuales es difícil distinguir los buenos de los malos, causando un fenómeno que los economistas denominan “Selección Adversa”. Básicamente este término significa que, si un mercado se llena de “malos” es difícil distinguirlos de los “buenos” y por lo tanto el mercado puede “explotar”, si no existen mecanismos de señalización o de cribado. Un mecanismo de señalización podrían ser las editoriales. Un lector experimentado podría reconocer las editoriales y las asocia con cierta calidad del producto.

Fuera de esto, el mercado está inundado con autores de origen extranjero. Esto no es necesariamente malo en si mismo, pero probablemente no sean textos con los que muchos lectores se identifiquen y se enganchen inmediatamente. Los libros de Las Aventuras de Sherlock Holmes, por Sir Arthur Conan Doyle fueron en su tiempo un furor, un fantástico medio de entretenimiento, que generaban expectativa similar a la que tenemos en la actualidad con las películas de super héroes. Gran parte de esto podría deberse a que eran textos con los que se podían identificar los personajes, al reconocer las calles de Londres que el héroe recorría en sus métodos de investigación.

El segundo tema es que la cultura de tirar los libros que no nos gustan debe ser parte esencial de la cultura. Hay una cierta idea de que “hay que terminar de leer los libros” como si fuera una obligación. No lo es. Leer es un gusto. Es algo que no se debería imponer a los niños, sino enseñar con el ejemplo. A los niños no se les debe dejar a leer textos que no quieren leer. Hay libros para ellos, así como hay literatura adecuada para adolescentes y para adultos.

No recuerdo el punto en el que decidí que dejaba de ser buena idea leer Harry Potter para abrir “Una breve historia de la Segunda Guerra Mundial”, pero me alegro de haberlo hecho de manera natural. Disfruté enormemente mi etapa de lecturas para niños (aún recuerdo con harto cariño “El principito”) y de adolescentes (todavía recientemente leí la serie de Los Juegos del Hambre… odié el final), pero conforme evolucionan mis intereses, se abren puertas a más lecturas. Tantas que no estoy seguro de que me vaya a alcanzar la vida para leer todo lo que deseo.

Por esta misma razón, si me topo con alguna lectura en esencia desagradable (y que conste que es una apreciación subjetiva), no dudo un instante en desecharlo para seguir con el que sigue. Un ejemplo para mi fue “Historia de Cronopios y de Famas” de Cortázar, cuya hora y media de lectura lamento haber perdido y siento que alguien me tiene que pagar por habérmela robado. Por supuesto, es una apreciación personal, pero me parece extremadamente pedante el estilo y muy pesada la forma en la que inventa palabras.

En la otra esquina, la serie de “A song of Ice and Fire” también inventa palabras y mezcla estilos antiguos y modernos, para dar una obra súper interesante, con un nivel de lectura avanzado para algunos (en inglés al menos, sinceramente desconozco si las traducciones hacen lo mismo, espero que si), pero que al acostumbrarse sigue una estructura lógica. Reconozco que estos detalles pueden alejar a muchos lectores, y espero que así lo hagan, que digan sin ninguna vergüenza “eso a mi no me late, yo prefiero…”.

Finalmente, estoy en contra del bullying a los lectores de best-sellers. No considero una falta de respeto a la inteligencia leer a Paulo Coelho o a Yordi Rosado. Preferiría saber que los lectores llegan a trascender de este tipo de lecturas, que son buenas para ciertos niveles, pero que son sólo un peldaño para mejor entretenimiento, para lecciones más complejas, para mensajes con más contenido. El problema es que si desincentivamos a lectores nuevos por leer eso, es probable que dejen de lado la lectura y nunca trasciendan. Lo mejor es dejar que en cada uno de los lectores florezca su línea propia de lecturas, de modo que logre crecer a su ritmo propio en aquella forma individual que le pertenece.

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